A las siete de la mañana sonaba el despertador. Llegaba el momento de la verdad. La mañana se presentaba algo fría y nublada. Había que prepararse para bajar a desayunar, recoger las cosas y subir a Grau Roig. Joder, ni para trabajar madrugo tanto, pero esta vez no me importaba porque a pesar de los nervios ─aunque ya había esquiado en otra ocasión─ tenía ganas de subir a la montaña y pasar de nuevo por Soldeu, donde trabajamos Lourdes y yo hace ya unos cuantos años.

El desayuno

Como en todos los hoteles en los que he estado, el desayuno tipo buffet no me acaba de convencer. Entre el zumo de naranja de la NASA, la leche aguada de máquina y el pan quemado, esa mañana apenas comí nada. Si me entraba hambre ya me metería en algún garito de las pistas ─los llamados cubiles─. Esto de pasar mas tiempo en los cubiles que en las pistas de esquí lo tenía bastante claro debido a que todavía tenía la lesión muscular en el pecho, así que no iba con mucha idea de esquiar a tope. Más bien debía tener mucho cuidado de no salir peor parado y evitar llegar a Madrid más jodido de lo que iba.

Llegaba el momento. El autobús vendría en breve a recogernos así que nos echamos los bártulos y bajamos al hall del hotel. Allí estábamos todos, o casi todos esperando a que llegara el bus. Y como no, un cigarrito ya que es lo mejor antes de hacer algo de deporte… ─es broma─.

El trayecto a Grau Roig

Tardaríamos en llegar a Grau Roig unos 45 minutos. Durante el trayecto aprovechamos para ponernos un poquito de crema en la cara y así evitar quemarnos. Al poco, Fernando me ofreció unas pastillas de vitamina C. Yo pensaba: ─Dios! ¿dónde me he metido!?─. No sabía de qué iba todo aquello. Yo sólo quería esquiar un rato, pero empezaba a notar que había gente con mucha experiencia y yo me sentía como un verdadero ignorante. Le pregunté a Fernando por esas pastillas. Tal y como imaginaba, me aclaró que unas vitaminas no vienen mal para reforzar. Mis conocimientos sobre el cuerpo humano y el deporte son nulos. Nunca es tarde para aprender de uno mismo y en el resumen de este viaje ya os contaré por qué, pero he de decir que he aprendido algo…y no a esquiar precisamente.


Lourdes impaciente por llegar…o eso parece

Soldeu seis años después

Pasamos por Soldeu y tuve una extraña sensación al ver de nuevo el hotel en el que trabajé hace seis años. Aquello había cambiado, aunque no mucho. Sobre todo eché de menos verlo todo nevado. En mi memoria siempre guardaré el recuerdo del invierno que pasé en Soldeu como lo más parecido a vivir en Cicely ─el pueblo de Dr. en Alaska─.


Aspecto del hotel Piolets, donde trabajé hace unos años

La hora había llegado

Montañas repletas de nieve. Lourdes me dice: ─¿ves aquello? pues ahí es donde vamos─. Directos al parking de Grandvalira y todos a bajar del autobús. Llegaba el espectáculo más esperado: ponerse las botas de esquí. No era mi primera vez, pero apenas recordaba la sensación de caminar ─si es que se puede llamar a eso caminar─ con las botas de esquí puestas. Debía ser por los nervios pero no paraba de reírme al observar la forma de andar de cada uno de nosotros. Parecíamos una legión de Benders a la caza de humanos.


Las botas culpables de andar como robots

Antes de nada había que organizar los grupos. Obviamente, yo estaba en el de los debutantes. Fue entonces cuando los más expertos ─como Lourdes y compañía─ salieron zumbando para hacerse una bajadita de calentamiento antes de empezar las clases. Me quedé solo con gente que no conocía de nada. Miraba a mi alrededor y veía a los otros pardillos como yo buscando una cara amiga. De repente y mirando al infinito alguien parecía hablarme. Me quité las gafas y dije: ─¿me dices a mí?─ Joder, con tanto disfraz era imposible reconocer ni de casualidad a nadie. Era Feli, la novia de Raúl ─mi ex-compañero de Vía Digital─ que en efecto, se dirigía a mí. Por fin! ─pensé─ alguien con quien hablar. Como también era debutante y se notaban los nervios estuvimos charlando un rato hasta que apareció nuestra monitora. Se llama Alejandra y es argentina ─muy raro por allí─. Sus palabras fueron: ─chicos, cojan las cosas y síganme─. Y la seguimos. Nos llevó a la pista más cercana y más pequeña de todas ─la misma pista de la cual yo no pasaría en toda la semana─. Era, como no, la pista para los principiantes.


Aspecto de las pistas al llegar


Aspecto de las pistas al llegar

Comienza la clase

No me extenderé a contar cada paso de la clase. Aunque yo tuviera ciertas nociones ─ya que tenía experiencia de un solo día de esquí─ aquello me vendría muy bien para aprender desde el principio. Las clases eran de dos horas diarias. Pues bien, no pasé de la primera media hora. No podía más. Tenía taquicardias de tanto subir a media pista y a pelo con los esquís puestos. El sol me estaba achicharrando. No conocía a nadie. No sabía como salir de allí. Así que me quité los esquís, y estando de pié, estuve durante un buen rato observando. La monitora me preguntó y le contesté que no podía más. Toda mi resistencia física se reducía a esa media hora. Abandoné. Cogí el equipo y me fui al cubil que estaba allí mismo para tomar algo, descansar y de paso tranquilizarme de mi frustración. Casi podría decir que hasta aquí había sido mi aventura con el esquí. Tuve casi una hora y media para reflexionar sobre lo que me acaba de pasar hasta que llegó Lourdes.

Después del intento…

No hacía mas que darle vueltas a la cabeza de cómo era posible que con treinta y un años pudiera estar tan jodido. Era cierto que tenía todavía la lesión en el pecho, pero no era el caso. La razón de mi abandono fue porque no tenía ningún tipo de resistencia física. Es normal teniendo en cuenta que desde los diecisiete años no hago deporte, fumo un paquete de tabaco diario y llevo casi diez años currando delante de un monitor. Mal vamos. Lourdes me animó a esquiar después de comer. Le dije que lo intentaría. Así que cogimos las cosas y nos subimos al otro cubil donde teníamos el comedor.


Lourdes con sus bolitas de nieve

Como me sentía sin fuerzas subimos por la cinta transportadora de la pista pequeña. Lamentable. Aprovechamos para sacarnos unas fotillos y como era pronto para comer nos metimos a tomar una cervecilla. Allí nos encontramos con Berni. Venía del centro médico de las pistas con la mano escayolada. Tuvo una caída muy dura y se lesionó el pulgar de una mano junto con algunas heridas en el brazo. Pero como un auténtico machote, se fue a la tienda y se compró unos guantes que le cupieran bien con la escayola para poder seguir esquiando. Eso si que era resistencia.


Recuperándome de la clase

La comida

Parecía que la cerveza me había animado algo, pero cuando me vi en la cola para coger la comida creo que mi deseo era llegar al hotel y tumbarme en la cama. Me vino un bajón tan grande que se me quitó el hambre. Hice por comer, pero al final apenas la probé. La gente me preguntaba que tal la clase y yo decía: ─ha ido de cojones! …media hora y listo!─. Lourdes, nuevamente me animó para que hiciera un par de bajadas. Y menos mal porque si no hubiera sido por ella esa misma tarde hubiera abandonado. En el fondo me jodía tanto pensar que no aguantaría aquello que me impuse intentarlo de nuevo.

La “milagrosa” recuperación

Empecé a pensar que mi paranoia de todo aquel mal rollo se debía al cansancio ─ya que apenas había descansado desde tres días atrás─, los nervios, el cambio de presión y la misma presión al verme sólo frente a todo aquello. Así que Lou y yo nos calzamos los esquís y subimos por la manta para bajar la pista pequeña. Yo sabía que la bajaría con facilidad puesto que la vez que esquié con Fernando en Valdesqui lo hice por pistas mucho más jodidas y sin experiencia alguna…y lo hice muy bien, por cierto. Pero eso si, había pasado mucho tiempo desde eso y los nervios son inevitables. El caso es que esa primera bajada sin presiones de nadie me sentó de maravilla. Me recuperé en el mismo instante en que terminé de bajar la pista. Quería repetir y así lo hicimos. Fue muy poquito tiempo, ya que se acercaba la hora de ir hacia el autobús para volver al hotel, pero me supo a gloria. Había recuperado la ilusión de nuevo y sobre todo lo más importante en estos casos, la seguridad en mi mismo.


En pose de “esquiador total”

De vuelta al hotel

Una vez dentro del autobús ─omitiré los detalles de cómo nos quitamos de nuevo parte del disfraz antes de subir al bus─ unos hablábamos con otros de cómo se había dado el día. Yo procuraba no decir nada ─a parte. estaba reventado─. Prefería no tener que dar explicaciones pero cuando decía que no duré ni media hora en la clase las preguntas se hacían inevitables. Estábamos machacados. En general creo que todos lo pasaron bien. Eso si, yo solo veía caras de “estoy deseando llegar al hotel porque no me tengo en pié”.


Pepe dejando parte del equipo en el maletero del bus


Lourdes, sonriente después de un duro día

Antes de la cena…y durante la misma

De esta parte también omito algunos detalles. Son tantos que no los recuerdo todos. ─¿Ves Lourdes? no tengo tan buena memoria─. Al llegar al hotel pasamos por la farmacia y por un súper para comprar algunas cosas. Siempre es bueno tener algo de comida y bebida en la habitación. Tuvimos que pedir la llave del mini-bar y para ello solicitaban una fianza de veinte euros. Y es que ya nos conocen! saben que acabamos con el mini-bar en un día. Pues eso, ducha, cervecita en la room y a cenar. Esta vez nos tocaba a las ocho y cuarto. Estábamos tan cansados que se agradecía saber que nos acostaríamos pronto para descansar todo lo posible ya que al día siguiente nos esperaría una nueva paliza.

…Que ¿que cenamos ese día? de nuevo, ni idea pero sé que cené bien y con ganas. El poco deporte ─junto con el estrés que viví ese día─ lo noté muchísimo. Recuerdo que esa noche cenamos Lou y yo los dos solos. Maru y Pepe llegarían mas tarde ya que habían salido de compras por el centro de Andorra. Viene al caso que Mónica, la guía turístico nos comentó al bajar de las pistas que la meteo para el día siguiente estaría algo jodida. Se preveía mal tiempo así que Lourdes le encargó a Pepe que le comprara unas gafas de ventisca ─muy chulas, por cierto─.

Eso si, antes de irnos a dormir, como no, otra cervecita. ─¿Salimos por ahi?─ Pues no. Así que nos la tomamos nuevamente en el bar del hotel. Como nos queríamos subir ya que estábamos destrozados y yo tenía la cerveza a medias optamos por llevarnos la copa a la habitación. Menudo espectáculo montamos para subirla sin que nos viera la recepcionista. Ni de coña dejaba yo esa cerveza a medias!


Me llevé la cerveza …y me preparé para la ventisca

La conclusión

Fue un día duro para mí. Me di cuenta de muchas cosas, entre ellas que no sólo no puedo estar en baja forma, sino que no quiero. Me gustó esquiar esa tarde, aunque solo fuera un ratito en una pista pequeña para principiantes. La mala experiencia de esa mañana también me serviría para intentar dar ánimos a otros que como a mi, también les hizo falta en días posteriores.

Continuará…