Esa mañana no recuerdo haber escuchado el despertador. Fue Lourdes la que me despertó a eso de las siete y cuarto. La noche antes ─teniendo en cuenta que el desayuno del hotel me había entusiasmado─ había acordado con ella que yo no bajaría y comería algo en la habitación de lo que habíamos comprado el día antes. Así, de paso, podría dormir un poco más. Como buena mujercita mía que es, cuando subió del desayuno me trajo un croissant del buffet que por cierto, allí se quedó, tieso en el armario del mini-bar por el resto de los días. De nuevo a ponerse el disfraz y bajar al hall a la espera de que nos recogiera el bus para subir de nuevo a las pistas de Grandvalira.

Me encontraba mucho más animado y dispuesto que el día anterior. Tan sólo pensaba en divertirme y aprender a esquiar un poco mejor aunque sin prisas ni presiones. Al salir a la calle observé que la meteo no estaba tan mal como había predicho nuestra guía. Al menos, eso parecía desde la capital. Durante el trayecto en el bus y mirando las montañas, el paisaje se veía bastante nublado aunque algunos claros se iban apareciendo. Al llegar a las pistas observé que la cosa no estaba nada mal para esquiar por la parte baja, pero para los expertos en la parte alta no se veía un carajo.


Aspecto de las pistas a primera hora


Aspecto de las pistas a primera hora

A la manta…y pa’bajo

Al igual que el día anterior, cálzate las botas y con los esquís a cuestas ve hasta las pistas andando como un robot. Le dije a Lourdes que se adelantara ella, que yo me iba a la tienda a comprarme un gorrito para no achicharrarme la cabeza. Eran todos horribles, así que sin comprar nada me dirigí directamente a la zona donde estaba mi grupo de novatos con Alejandra ─la monitora─. Fuí hacia ella para comentarle que a raíz de mi lesión muscular en Madrid ─y mi poca resistencia física─ me mantendría como observador ya que no podía seguir su ritmo. Y efectivamente. Aquel ritmo tan lento de aprendizaje no lo aguantaba, así que me subí en la manta para hacer mis bajaditas de calentamiento hasta las doce que terminaran las clases y viniera Lourdes a buscarme.


Subiendo por la manta

Estuve un poco más de dos horas subiendo y bajando por la pista verde de principiantes y poco a poco iba cogiendo el ritmo. Mientras, mis compañeros seguían aprendiendo realizar virajes en la parte baja de la pista. Me sentía muy seguro y estaba deseando que llegara Lou para ir a otra pista más grande. Fue entonces cuando en una nueva bajada vi a una compañera de mi grupo sola y parada en medio de la pista sin saber que hacer. La chica ─creo que se llamaba Silvia─ estaba totalmente desmoralizada porque no terminaba de coger el rollo. Los demás, junto con la monitora se habían ido un poco mas lejos siguiendo la clase así que le dije que no se preocupara. Le conté mi crisis del día anterior pero ella seguía empeñada en que aquello no era lo suyo y que abandonaba. Le di unas pequeñas indicaciones y nos pusimos a bajar lentamente para que practicara los virajes y el freno en cuña. No pudo frenar y cuando la agarré para que no acabara en el cubil estampada nos fuimos los dos al suelo. ─Joder que leche mas tonta!─ Así que para descansar y yo hacer algo de tiempo hasta que llegara Lou nos fuimos a tomar algo a la terraza del cubil.

Lo que vino después

Las nubes se abrĂ­an. El dĂ­a parecĂ­a ponerse estupendo pero el sol me pegaba fuerte en la cabeza. En ese momento apareciĂł Lourdes y nos metimos a tomar un caldito. ─Al rico caldito Gallina Blancaaaa!!─ Hablamos sobre cĂłmo nos habĂ­a ido la mañana y tambiĂ©n sobre la pista a la que irĂ­amos, pero le dije que querĂ­a practicar un poco más los virajes antes de lanzarme a la aventura. Y de nuevo nos fuimos a la pista de principiantes. Que si subimos por las perchas, que si por la manta…. pues manta. Ya me estaba poniendo nervioso pensando en lo que me esperaba, aunque la idea me agradaba y mucho. La emociĂłn, ya se sabe…

Bajamos una de prueba y seguidamente dije: ─Vamos a bajar otra vez que no estoy muy convencido─. Lo que yo querĂ­a era virar en paralelo. Si iba a bajar una pista más difĂ­cil no querĂ­a arriesgarme a darme una buena leche, asĂ­ que fuimos directos a la manta. Mientras subĂ­amos, Lourdes me daba instrucciones de como hacer esos virajes. Una vez arriba, de nuevo más instrucciones. Ella iba detrás de mĂ­ y la escuchaba todo el tiempo. Realmente no lo estaba haciendo nada mal. Me agachaba, giraba y me erguĂ­a y asĂ­ varias veces pero en nada de tiempo llegamos al final de la pista y me pasĂł por la cabeza un “necesito una más y estarĂ© listo”. Lourdes me dijo: ─¿Otra vez? No. Vámonos ya a la otra que no lo haces mal─. Pero insistĂ­. Y aquĂ­ vino el detalle, o mejor dicho, la gran putada que marcarĂ­a todo mi viaje. Cuando estábamos en la fila para subir a la manta me vino un dolor horrible en la parte izquierda del pecho. Apenas podĂ­a respirar. A cada segundo que pasaba me dolĂ­a más y fue cuando lo vi mas claro que nunca. Supe que mi semana de esquĂ­ habĂ­a terminado en ese mismo instante. El dolor se hacĂ­a tan intenso por momentos que, apenas sin poder respirar nos fuimos directamente al centro mĂ©dico. Estaba realmente jodido. Todo tipo de pensamientos se me pasaban por la cabeza. En primer lugar, sabĂ­a que iba a Andorra en mitad de una recuperaciĂłn de una lesiĂłn muscular en el pecho. Lo que de alguna manera no aceptaba era que despuĂ©s de la actividad que habĂ­a tenido esa mañana acabarĂ­a en el centro mĂ©dico por ese motivo.

El centro médico

Lourdes llevaba mis esquís ─la pobre se tiró el resto de la semana cargando conmigo y con mis cosas─ y yo la seguía como podía mientras nos dirigíamos al centro médico. Mi mente seguía escupiendo mierda. Estaba muy cabreado y a la vez preocupado porque el dolor era realmente incómodo y desagradable. Al entrar había gente, así que yo no era el único jodido por allí. Consuelo de tontos. Me tomaron unos datos y a los pocos minutos me hicieron pasar para preguntarme y hacerme una radiografía. Les dije que tuve una caída ─la de esa misma mañana, que pensé, podía haber influido en la lesión─ así que me hicieron una radiografía seguida de oscultación para ver si tenía alguna rotura de costilla o algo peor. El médico parecía portugués, al menos, tenía acento portugués pero el caso es que me trató muy bien y fue muy atento conmigo. Le pregunté que pensaba de mi caso y me dijo sin rodeos que mi semana de esquí había terminado. ─Joder! eso ya lo sabía yo!─ pero en fondo yo quería escuchar lo contrario.

Una vez fuera, en la sala de espera, Lourdes ─con cara de descomposición─ y yo, esperábamos el resultado de la radiografía. Me tomé un ibuprofeno que me hizo efecto bastante rápido pero seguía nervioso. Me conformaba con que aquello fuera sólo una lesión muscular y no algo peor. Me volvieron a llamar y allí mismo me dijeron que no veían nada anormal. El anormal era yo ─pensé─ Fue un gran alivio psicológico. Nos quedamos más tranquilos. ¿Y ahora? Pues ahora me cojo el helicóptero y me bajo al hotel ─pensé de nuevo para mí─.

Yo no quería aguarle la fiesta a Lourdes pero ella insistía en quedarse conmigo. Y así lo hizo el resto de la tarde. Ni si quiera subimos al comedor sino que nos quedamos en el restaurante de la entrada, lo mas cerca del autobús. También tenía terraza y con el solazo que pegaba no estaba nada mal teniendo en cuenta la situación. En resumen, llevaba en Andorra un día y medio, era la una y media de la tarde del martes y yo estaba listo para volver a Madrid.

La hora de comer

De nuevo pedĂ­ un caldo aunque esta vez me lo pusieron en plato sopero. ─Y otra de Gallina Blancaaaa!─ Yo no tenĂ­a fuerzas para subir a comer al otro cubil asĂ­ que definitivamente y en vista de que Lou no me dejarĂ­a solo decidimos comer algo allĂ­ mismo. Pedimos una hamburguesa con patatas por las que nos clavaron cuatro mil pelas. Si al menos la carne hubiera sido buena…pero era de perro. Al menos estábamos pegados a la ventana y con las pistas al fondo. El paisaje era bonito. Todos esquiando y nosotros allĂ­, obligados ─al menos yo─ a no levantarme de una silla.


Vista desde el restaurante

Habiendo terminado de comer ─y al menos mas tranquilo por mi parte y con menos dolor─ me di cuenta que quedaba mas de una hora y media para coger el bus de vuelta al hotel. Para hacer tiempo, primero nos dirigimos al bus a dejar las botas y los esquís. Ya no nos harían falta ese día.


…Lou dejando las botas en el bus

Después nos fuimos andando tranquilamente hasta el cubil de siempre con el fin de sentarnos cómodamente en las tumbonas. Así aprovecharía para sacar unas fotos y grabar unos vídeos. Tenía que sacarle partido a mi nueva cámara.


Descansando en las tumbonas…


…con el cigarrito


Lourdes tomando el sol…


…y sonriendo

De vuelta al hotel

De nuevo al bus y de nuevo al hotel pero esa tarde yo no sería el único lesionado al que se le acabaría la semana de esquí. Helga, la novia de Fernando, haciendo snow se había fastidiado la rodilla. Es lo que tiene esquiar aunque ella se lo hizo ─o mejor dicho, se lo provocaron─ de una forma tonta al salir del telesilla.

Al llegar al hotel, lo primero fue ir a la farmacia para comprar lo que había recomendado el médico. Una faja y Voltarén como antinflamatorio, a parte de ibuprofeno. Una vez en la habitación me puse la pomada y la faja. No es que me hiciera mucha gracia pero era necesario ya que al presionarme el pecho sentía menos dolor. Esa tarde Lourdes me tuvo que ayudar a quitarme la ropa porque al intentarlo yo solo parecía que me iba a romper en dos.


…mi lamentable aspecto. No he podido resistirme a ponerla.

La cena y fin del dĂ­a

Al subir al restaurante nos juntamos unos cuantos. Comentamos el día en las pistas y todo lo que nos había sucedido con más detalle. Durante la cena pensaba qué haría al día siguiente. Tenía que ver las cosas de la mejor forma posible dentro de mi frustración y correspondiente cabreo. Pensé que al menos podría descansar y dormir hasta reventar. Y eso haría, pero lo relataré en el siguiente capítulo de este viaje. También tenía ganas de darme una vuelta por el centro de Andorra e incluso subir a Soldeu para comer allí. Todo en plan relax pero eso dependía de como me levantara al día siguiente. Lourdes me propuso quedarse conmigo haciéndome compañía pero ya era bastante desperdicio que yo no pudiera esquiar como para dejar que ella también sacrificara sus vacaciones metida en el hotel sin hacer nada. Quedamos en que nos veríamos por la tarde.

Al tumbarme en la cama pensé que no sería mala idea ponerme una peli ya que no tenía que madrugar al día siguiente. No tuve fuerzas. Caí roto de de sueño a la vez que Lou. El día había sido demasiado intenso y no tenía fuerzas para mantener los párpados abiertos ni veinte minutos que duraba un capítulo de Seinfeld.

Continuará…