Advierto que este cuarto día del viaje a Andorra se caracteriza por lo aburrido y poco productivo que fué. Tuve la moral un poco por los suelos. Ni si quiera saqué fotos aunque añadiré alguna como detalle para adornar el capítulo de hoy. Aun así fué otro día del viaje y como tal paso a relatarlo.

Lo primero que recuerdo es que me despertaron unos ruidos en el pasillo. Miré a mí alrededor y estaba solo. No me había enterado de cuándo se levantó Lourdes o cuándo se había ido aquella mañana. No escuché nada de nada. Miré la hora y eran cerca de las diez y media. Lo del pasillo debía ser el servicio de habitaciones. Me acordé que Lourdes iba a dejar el cartel de “no molestar” puesto. Rápidamente ─y muy dolorido─ antes de que entrara nadie me levanté para comprobarlo y efectivamente dentro no estaba el cartelito.

De relax

─¿Y que hago ahora?─ No me sentía con fuerzas ni para vestirme así que cogí algo del mini-bar para desayunar. Puse la tele pero para variar no había nada interesante. Entonces me acordé que en el viaje de ida me dejé a medias la peli de “Crying Freeman”. Así que mi siguiente plan de miércoles de relax era terminar de verla en el divx. Fue poco más de media hora y la verdad, seguía teniendo sueño. Cambié de DVD y puse unos capítulos de Seinfeld hasta que me quedé sopa.

Al despertar

No estuve durmiendo mucho más. A las doce sonó mi teléfono y era Lourdes para preguntarme como estaba. Fueron escasos segundos de conversación y continué durmiendo. Cuando era casi la una de la tarde me levanté de la cama para pensar cual sería el plan. No contaba con lo que yo quisiera hacer, sino lo que podía. No estaba para muchos trotes. Me di una ducha rápida mientras pensaba que a lo mejor podría dar una vuelta por el centro de Andorra, aunque seguía dudando de mi posibilidad de aguantar la caminata. Se acercaba la hora de comer y pensé en ir a por unas hamburguesas y ponerme una peli. Lo tenía decidido. Esa tarde la pasaría descansando en la habitación pero entonces me vino a la mente un detalle que había olvidado por completo. La noche anterior quedé con Helga ─que también estaba lesionada─. Quedamos en que nos llamaríamos para comer en el restaurante del hotel. ─Joder!…no recuerdo la habitación!─ Eran ya casi las dos y como estaba vestido pensé en bajar igualmente y echar un vistazo por los salones del hotel. En caso de no encontrarme con ella me iría al McDonalds como tenía planeado. Me estaba poniendo el abrigo cuando sonó el teléfono de la habitación. Era Helga.

La comida

Subimos al restaurante de la sexta planta. Allí no había ni dios. Nos sentamos en una mesa y nos contamos la mañana tan fantástica que habíamos pasado cada uno encerrados en el hotel. Entonces apareció alguien más del grupo que venía con nosotros desde Madrid. No le conocía personalmente pero en seguida le reconocí de haberle visto un par de días antes por las pistas de Grandvalira junto con la guía turístico y el médico de nuestra expedición. Se llama Emilio y estando de pié nos contó que también se había lesionado el primer día. Nada serio pero aun así prefería quedarse en el hotel para descansar, así que nos cambiamos de mesa y nos juntamos a comer los tres. Charlamos sobre esto, sobre aquello y lo de más allá, pero sobre todo de las experiencias de cada uno esquiando. A todo esto, la camarera ─que era andaluza─ no paraba de charlar con nosotros. En todo el restaurante tan sólo estábamos los cuatro y la verdad, se agradecía tener algo de compañía en esos momentos de cierto aburrimiento y sin que hacer. La comida al final resultó muy amena.


Imagen del restaurante del hotel

Buscando qué hacer

Nos levantamos de la mesa y cada uno se fue a su refugio para descansar. Yo no tenía mucho sueño así que me bajé al bar del hotel a tomarme una cervecita y conectarme para charlar con alguien por el Messenger. Fue increíble porque no había nadie en mi lista de contactos. Estaba poniéndome al día leyendo las news cuando de repente Marta, desde Polonia, me abrió la ventana de conversación. ─Alguien al fin!─ Estuvimos poquito tiempo ya que ella estaba a punto de salir del trabajo así que de nuevo me quedaba solo. No me importaba porque la conexión estaba a punto de cerrarse ─te soplaban un euro por cada cuarto de hora─. Pero de nuevo otra ventana de conversación. Esta vez era Carlos. Miré mi cerveza y estaba casi entera. No eran más de las tres y media de la tarde así que otro euro por la ranura y a conversar unos minutos más. Al final aproveché el tiempo hasta que casi sin darme cuenta, se me cerró la sesión. Ya no echaba más. La cerveza me estaba dejando sopa y el dolor en el pecho se presentaba de nuevo así que me subí a la habitación para tumbarme a descansar. La diversión era tal que me quedé dormido.


Imagen del bar del hotel

La tarde-noche

Escuché como llamaban a la puerta. Por la hora debía ser Lourdes. Efectivamente. Yo estaba todavía adormilado y algo desorientado. Estuve un rato sentado en la cama intentando despejarme. Mientras tanto Lourdes me contaba como había ido el día. Yo no hacía más que imaginar que al día siguiente sería lo mismo y la verdad, no me gustaba el plan. No estaba pasando por el mejor momento de la semana y además la jodida lesión no dejaba de molestarme. Entre unas cosas y otras nos teníamos que subir a cenar. No tenía nada de hambre. A todo esto recuerdo que al ir al buffet me llamó Sergio ─el pelos─ al móvil. Salí del restaurante y bajé una planta para poder fumarme un cigarro mientras hablaba. Fue entonces cuando al poco de estar hablando vi salir a Lourdes de un ascensor con cara de pánico. Estaba preocupada buscándome por si me había pasado algo. Reconozco que esa tarde estuve poco comunicativo no sólo con ella sino con todos.

Como el ambiente no estaba para muchas fiestas, esta vez no hubo cerveza en el bar y nos la tomamos en la habitación. Lourdes se acostó muy pronto. Entre mi ánimo y su cansancio era la mejor decisión. Yo, en cambio, no tenía sueño y no sé como lo hice pero me quedé viendo un programa de televisión ─no me preguntéis en qué canal─ en el que unos tíos le arreglaban el chalet a una familia de Torrevieja con problemas de discapacidad. El programa duró unas tres horas y me lo tragué entero, eso si, aguantando a base de cerveza por hora. Después de esto no tengo claro cómo y a qué hora me quedé dormido pero de lo que si me acuerdo perfectamente es que esa misma noche me prometí aprovechar y disfrutar con Lourdes el resto del viaje aunque me costara el mayor de los esfuerzos. ─¿Que si lo conseguí?─ Eso lo sabréis en las próximas entregas de este viaje.

Continuará…